En tiempos en que la felicidad es casi un imperativo categórico, el vocalista de Jarabe de Palo se tomó la libertad de elegir la oscuridad de la que todo mundo huye.
“Yo no creo en Dios. Ni en el cáncer. Ni en el futuro. Ni en nada”, dijo en 2017 a este reportero con un acento catalán tan fuerte como sus piernas, que en aquel año ya sostenían a un cuerpo que comenzaba a ser magullado por la enfermedad. “He tenido un vidón, por eso no huyo: me quedo. Como escribí en mi libro: mi pasado me marca, pero no importa, yo tengo flores en el culo”, comentó pocos días antes de tocar en el Vive Latino.
Así era Donés: humano, demasiado humano. Bravío ante la muerte que ya le había sido anticipada. Y como buen jugador de ese partido nietzscheano que asume la muerte de Dios en el corazón de los hombres, El Flaco regateó en la oscuridad para encontrar la luz, no esa en que se cree, sino esa que se siente: el solo de una guitarra, el hallazgo de un acorde, el abrazo de su hija, el recuerdo de una mujer.
Los hedonistas buscan el placer instantáneo. Alguna vez Pau fue uno de ellos. Eran los 80, cuando España era un avispero. El dictador Franco había dejado una resaca doble: mojigatería y liberalismo. Y cuando la democracia asestó el golpe contra la colmena, las avispas más jóvenes salieron enfurecidas, con ganas de tragarse al mundo, algunas formando Mecano; otras, Parálisis Permanente; otras, Héroes del Silencio, y otras, Jarabe de Palo.
Pau nunca se consideró parte de La Movida, pero sí se asumió como fruto de ella. “La libertad, eso fue lo que me dejó”, decía. Y con eso le bastaba. Nunca fue un lector voraz ni un músico de academia. Su dislexia ni siquiera le permitía leer partituras. Menos libros. Todo fue oído. Sentimientos. Sensaciones. Así fue como en 1996 compuso La Flaca, aquel éxito que llevaría a Jarabe de Palo al clímax del éxito y a Donés a recordar que es un enamoradizo de lo peor, porque aquella canción no fue otra cosa que la consecuencia de un amor fugaz en La Habana, donde conoció, al calor de unos mojitos en La Tasca, a una “tremendísima mulata” ataviada en un vestido rojo.
La anécdota —recopilada en su autobiografía 50 palos y sigo soñando (2017)— dibuja bien al chico que conoció el amor en la cintura de una guitarra, que le fue regalada por su madre en 1976, un año después del fin del franquismo. Vaya símbolo de libertad. Su madre moriría poco después.
“Siempre fui hábil con todo lo que se pudiera tocar”, aseguraba. Quizás por eso los dedos eran su parte del cuerpo favorita. En su mano derecha, llevaba tatuada la palabra A-M-O-R. Una letra en cada dedo. Así le gustaba posar para las fotos. Con el puño cerrado hacia enfrente, como metiéndole un puñetazo a la vida.






