Una llave del paraíso y una mortaja, así vestían los primeros yihadistas suicidas

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Los ataques del Once de Septiembre contra Estados Unidos, en los que intervinieron 19 militantes suníes de Al Qaida, marcaron un hito histórico en la utilización del suicidio como arma terrorista en el marco del uso sectario de la yihad, la «guerra santa» de la doctrina coránica. Desde entonces se han sucedido miles de ataques en menor escala que recurren hoy a instrumentos mucho más rudimentarios, el cuchillo o el camión, pero con enorme resonancia mediática. La inmensa mayoría de los ataques terroristas suicidas tienen como protagonistas a islamistas suníes -la rama mayoritaria del islam-, aunque históricamente el recurso al suicidio como arma de la yihad comenzó en la metrópoli de la rama musulmana chií, Irán.

Poco después de imponer la revolución teocrática, el imán Jomeini creó en 1979 la milicia Basij, un cuerpo armado de voluntarios demasiado jóvenes o demasiado mayores para el servicio militar regular; también fue creado un cuerpo Basij de mujeres. Hoy, sus millones de integrantes se dedican a tareas auxiliares -entre otras actuar como «policía religiosa»- pero durante la guerra contra Irak (1980-1988) los Basij fueron los pioneros del suicidio en masa en el altar de la jihad, durante la guerra sin cuartel de Irán contra el «régimen impío» de Sadam Hussein.

Un número impreciso de niños Basij, al menos decenas de miles, fueron enviados por el régimen de Jomeini en oleadas contra las posiciones iraquíes, para estallarse en los campos de minas y señalar así a las tropas iraníes una ruta segura. Los niños-suicida, en teoría de 16 años pero muchos de apenas 12 años de edad, se inmolaron en el frente tras haber sido convencidos de que morían como «mártires», y por tanto de que serían recompensados en el paraíso con las siete señales o recompensas de los «caídos en la yihad». Imitaban así al imán Hussein, el mayor de los mártires chiíes, y corrían hacia la muerte por los campos minados después de haber entonado cánticos de la mítica batalla de Kerbala. Los oficiales iraníes les colgaban al cuello una «llave del paraíso», y en sus pequeños equipos llevaban también una simbólica mortaja.

Aunque el Corán prohíbe expresamente el suicidio, las escuelas mayoritarias del islam siguen sin adoptar una doctrina común que lo proscriba en el marco de la jihad. Por el contrario, ayer en Irán y hoy en los territorios palestinos ocupados, los terroristas suicidas y sus familias siguen teniendo oficialmente la calificación de «mártires» de la causa nacional o musulmana. La recompensa para quienes caigan en esa batalla sigue, además, intacta desde el siglo X: 72 mujeres vírgenes en el paraíso para los varones. Las mujeres que caigan en la jihad recibirán, en cambio, un solo hombre «con el que estarán satisfechas».

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